CHOCOLATE. Parte II

Hace una semana estábamos comiendo pastel por el aniversario de nuestra querida revista, esto supuso un artículo especial, pero ya es hora de continuar con la segunda parte de nuestro artículo sobre el chocolate. El chocolate no ha llegado a ser el Rey de los dulces solo por su sabor, éste esconde una lista larga de beneficios y aportes a nuestro organismo, siempre que lo consumamos con prudencia.

En el mercado podremos encontrar una gran variedad de tipos y un sinfín de referencias, además de combinaciones increíbles que van desde simples tabletas hasta bombones rellenos y barras que son el resultado de la mezcla de este néctar con frutos secos como los cacahuetes y las almendras.

A grosso modo entendemos que existen tres tipos de chocolate, conocidos comúnmente como: amargos, con leche y blancos. En el mundo de la pastelería conocemos esos nombres desde hace muchos años, pero no fue sino hasta hace aproximadamente media década que empezaron a ser conocidos por el público general.

La diferencia principal entre cada uno de ellos radica en dos factores clave, el primer factor es la cantidad de manteca de cacao (grasa de origen vegetal) y la proporción de cacao puro en polvo (agente responsable del color y la astringencia) que poseen, esta mezcla con la suma de algunos otros productos como el azúcar y la leche, crean sinergias que rozan la alquimia y dan como resultado bocados deliciosos capaces de cautivar hasta a los paladares más exigentes.

Cada cabeza es un mundo y cada quién tiene su chocolate favorito. Los chocolates amargos son crocantes, fuertes y ásperos, en algunas bocas viciosas de lo dulce pueden llegar a ser molestos por el grado de amargor que poseen; los chocolates con leche, por su parte, siempre han sido los más comerciales, sus sabores son mucho más equilibrados y neutrales, la gran mayoría de marcas prefieren usar este tipo por la sutileza que poseen. Los blancos, finalmente, siempre han sido y serán la opción más dulce, además de cremosa debido a la gran cantidad de manteca de cacao que posee.

A modo de metáfora, podemos pensar que al igual que los palos en el golf, cada chocolate tiene una utilidad. Para golpes largos donde necesitamos energía rápida y explosiva usamos un bocado de chocolate blanco rico en azúcar y grasas que nos supone un brote de optimismo en forma de energía momentánea y justa, como si diéramos el golpe de salida. Además, el chocolate blanco es una excelente fuente de calcio por lo que ayuda a fortalecer el esqueleto y nos aportará estabilidad y fuerza en nuestro juego largo.

El chocolate con leche, en cambio, ofrece un balance entre el blanco y el amargo, jugando con los beneficios de ambos, como los palos híbridos que nos dan el manejo de los hierros y la potencia de las maderas. Sirven como una buena fuente de energía gracias a su contenido calórico, pero a la vez nos aporta una buena cantidad de teobromina que actúa como la cafeína en nuestro cerebro, ayudándonos a centrarnos y a ganar la precisión extra que nos dará ventaja en el juego.

Por último, encontramos el chocolate amargo que es, sin duda, el rey de todos por los beneficios que aporta al organismo. Este tipo de chocolate estimula la producción de unas sustancias llamadas  flavonoides que son las responsables, en cierta medida, de regular la presión arterial. Muchos estudios afirman que el consumo diario de chocolate amargo bajo en azúcar ayuda a combatir la hipertensión arterial, lo que en el campo de golf se traduce como un mejor control de nuestro cuerpo y un incremento en el rendimiento. 

Si cuando jugamos tenemos el detalle de analizar el momento y somos capaces de decidir con que palo obtenemos la mejor jugada ¿Por qué no trasladamos ese estado de conciencia a la vida diaria y hacemos las mejores elecciones para sacar la mayor ventaja de nuestras vidas?■

Escrito por Roberto Nunes

Share

Facebook
Twitter
Pinterest
LinkedIn

Stay in touch

Subscribe To Our newsletter